La Virgencita del barrio – Presentacion 1


Prohibido hacer milagros

Por Francisco Rodríguz Criado

Francisco Rodríquez CriadoEl xix fue el siglo del Romanticismo, de la Primera Revolución Industrial, de los grandes inventos (el teléfono, el dirigible o el automóvil), de significativos avances médicos (la anestesia, las vacunas), y fue también el siglo que albergó las grandes apariciones marianas. La Virgen hizo acto de presencia ante los pastores Mélanie Calvat y Maximin Giraud en La Salette (1846) y ante Bernadette Soubirous en Lourdes (1858). Y andando el tiempo, ya en el XX, nos encontramos con nuevas apariciones: en Fátima (1916), ante tres pastorcillos; y en 1981, en Medjugorje, una población católica de Bosnia-Herzegovina, la Virgen visitó a seis niños, los cuales la han seguido viendo durante décadas con rigurosa periodicidad, digna de reloj suizo.

Estas son las apariciones más conocidas, las de primer orden, pero la Virgen, muy activa y dispersa, se apareció una y otra vez en la decimonónica Francia napoleónica a numerosas chicas, por lo general pobres, incultas y posiblemente embargadas por la pulsión de sentirse unas privilegiadas en un entorno gris.

Las visiones masivas llegaron a su fin cuando las autoridades eclesiásticas, nada proclives a los misticismos religiosos, tomaron cartas en el asunto y amenazaron con encarcelar o ingresar en el manicomio a aquellos (aquellas, más bien, pues como decía eran casi siempre mujeres muy jóvenes, apenas unas niñas) que alardearan de experimentar visiones sobrenaturales. En uno de sus libros, el periodista católico Vittorio Messori recuerda que eran tantas las videntes de la época que se congregaban en el cementerio parisino de san Medardo, que los gendarmes llegaron a colgar una advertencia real que rezaba: “Prohibido hacer milagros”.

La Virgen se presentaba ante personitas de baja extracción social, pero la fe, ya sabemos, no atiende a edades ni a estatus sociales: en poco tiempo en los lugares de las apariciones se formarían masivas comunidades de creyentes inasequibles al desaliento que acudían (y acuden), en el mejor de los casos, dispuestos a presenciar o a solicitar una aparición, un milagro, una luz celestial, algo. (Cuando el día o la noche no son proclives al milagro, siempre queda el consuelo de comprar una botella de agua milagrosa que alivie todos los males).

Con estos antecedentes históricos, resulta aún más intrigante que la Virgen (Virgencita, como él la llama) se aparezca una y otra vez (aunque solo sea en los estrechos márgenes del folio) ante Silvio Cavini Benedetti, un italiano afincado en una pequeña población de Paraguay, entre urbana y rural, donde los caballos pastan a su libre albedrío y los huracanes malogran las conexiones a Internet, que penden –nunca mejor dicho– de un hilo. Intrigante y sorprendente, si tenemos en cuenta que el bueno de Silvio no es una chica joven y analfabeta, sino un hombre culto, experimentado, sereno y, por si fuera poco, ateo.

Pero a lo mejor estas credenciales no son para la Virgen un obstáculo sino un valor añadido: Virgencita no es una Virgen al uso: silente, volátil y caediza. Ni mucho menos. Se trata de una Virgen muy conversacional y terrenal, tremendamente dicharachera, amiga de departir sobre lo humano y lo divino (más sobre lo primero; de lo último está más que saturada). ¿Podría acaso encontrar a un confidente mejor que Silvio, ese ateo humanista que ama con intensidad a personas, perros y gatos, un hombre de tal bonhomía que incluso se presta a hablar con una Virgen en la que no cree? (¿Podría ocurrir que no creer en Dios le permite a uno creer en todo lo demás?).

Los cuentos incluidos en Virgencita del Barrio recogen fielmente las conversaciones de la Virgen con nuestro hombre, que, sea por casualidad o por causalidad, entró cierto día en una pequeña capilla…

“[…] que estaba completamente vacía. La capilla era muy sencilla y luminosa y sobre un altar había una bella estatua de la Virgen María.

Yo no soy creyente, pero fui criado por una madre que sí lo era, estudié en colegios religiosos y las raíces culturales, claro, difícilmente se pierden. Bueno, mientras miraba a la Virgencita se me ocurrió que debía de sentirse muy sola en ese lugar. Y fue así que se me ocurrió que, tal vez, le gustaría tener a alguien con quien conversar, aunque no fuera un creyente, ni tanto menos un santo”.

En Virgencita del Barrio podemos leer veinticuatro cuentos, veinticuatro apariciones marianas ante el Ateo del Barrio, como la Señora lo define. La Virgen, en su versión más cercana y humana, mantiene conversaciones con el autor sobre la Anunciación, la Navidad, la Creación, sobre personajes bíblicos (san Pedro y Moisés), pero también sobre temas pedestres como los cumpleaños, la moda y el hipódromo.

Estas charlas no son nada mistéricas. No se prodiga la Virgen en secretos con los que Silvio deba cargar hasta la tumba. Muy al contrario, sus intercambios verbales no se quedan entre ellos dos, sino que se extienden sin ambages hasta el lector, que esgrime una sonrisa dilatada mientras contempla la escena.

Silvio, escéptico, no cree en los milagros, pero la Virgen le reprende de buen humor: ¿acaso no es un milagro traer a la capilla a un ateo y ponerme a hablar con él?

La simpática paradoja de no creer en la Virgen y hablar con ella hace de nuestro personaje-narrador el mejor nexo entre el cielo y la tierra. Y así las cosas, aprendemos una gran lección: debemos estar siempre dispuestos a la comunicación con el prójimo, aunque en principio pudiera resultarnos un asunto imposible.

Virgencita del Barrio es un milagro doméstico y literario. Agradecemos pues que la Virgen desatienda temporalmente los grandes centros de peregrinaje para confraternizar con ese gran santuario, universal e inmortal que es la literatura, la mejor ágora posible para debatir sobre lo divino y lo humano. Para potenciar lo que nos une y desestimar lo que nos desune. Para, en definitiva, hablar de Dios sin dejar de hablar sobre la más imperfecta de sus creaciones: el hombre.


Fracisco Rodríguez Criado
Francisco Rodríquez CriadoFrancisco Rodríguz Criado es escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve.

Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). *Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. **Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), **La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), *Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera.

Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down.

Email: info@narrativabreve.com

Visita su blog sobre la corrección de textos: Corrección y Estilo.


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