Doña Mara


Doña Mara era uno de los pilares del vecindario, y era famosa más allá también. Era una mujer de unos cincuenta años, enjuta y fumadora empedernida, y que solo raras veces salía de su casa, lo que le daba un aspecto amarillento y enfermizo.

Por las mañanas recibía sin cita previa. El garaje, que había transformado en sala de espera, estaba siempre lleno de gente que esperaba la oportunidad de consultarla. De mañana no cobraba nada pero los clientes podían dejar ofertas en una caja de cartón.

Su modo de trabajar era inusual. Doña Mara tenía siempre una baraja de tarot en las manos, siempre la misma y siempre con la cara hacia abajo, y que mezclaba en continuación, lentamente, casi acariciándola, en un movimiento sin fin que terminaba solo cuando el cliente había acabado de formular su pregunta o exponer sus problemas. Entonces extraía una carta, la apoyaba, cubierta, sobre la mesa y promulgaba su oráculo. Hecho esto reponía el naipe junto a los otros y volvía a su incesante barajar.

Los casos más graves los atendía por las tardes, previa cita. Poco se sabía de lo que pasaba en estas sesiones ya que los clientes estaba vinculados, bajo juramento, al secreto más absoluto; y menos todavía se sabía si cobraba y cuanto, y estos eran dos temas que apasionaban al vecindario.

Helena estaba pasando por un momento muy difícil. A primera vista no le faltaba nada: bella, alta y de buena familia, trabajaba como asistente de vuelo en una compañía aérea internacional. Era también socia de una tienda de antigüedades y curiosidades que era la actividad que de veras la apasionaba. Pero todo esto era solo el aspecto exterior. En realidad la vida se estaba ensañando con ella y se sentía al limite de su resistencia, y por esto, siguiendo el consejo de una amiga, había ido a visitar a doña Mara.

Entró a la casa por la puerta principal, su cita era por la tarde, y doña Mara la acompañó a un amplio salón, abarrotado de muebles, mesas, alfombras y almohadones. Habían algunas velas encendidas y, curiosamente, el silencio era total, como si el cuarto no permitiera la entrada de algún ruido.

Doña Mara la condujo hacia una esquina en la que se hallaban dos grandes espejos, la hizo desnudar completamente y la ayudó a acomodarse sobre un gran almohadón. Cuando Helena encontró una posición cómoda, difícil para alguien no acostumbrado a exhibir su propia desnudez, doña Mara le hizo tomar un liquido de color verde.

“¿Y ahora que pasa?” pensó Helena “¿Cuando me va a decir algo?”. Pero doña Mara no dijo nada de importante. La hizo levantar y mirarse en los espejos, aconsejándola de que se tocara todo el cuerpo, aún los más mínimos detalles a los que ella no daba importancia. Le dijo también que se necesitaban 20 minutos más o menos para que la poción tuviera efecto.

Al poco tiempo Helena sintió que la cabeza la daba vueltas pero al volver a sentarse, la sensación pasó, para ser remplazada por un estado de bienestar que se difundió por todo su cuerpo. Se sentía muy ligera, liviana como el aire. Y se sentía bien.

Después le aconteció una cosa curiosa: ¡salió de si misma! Era como si flotara en el cuarto y pudiera desde arriba. Veía su cuerpo y seguía pensando y existiendo, aunque no dentro de si misma. Y se vio por como era y no por como se imaginaba de ser. Allá abajo, sentada en el cojín, estaba una muchacha de buen aspecto, pero no una de esas bellezas capaces de conquistar el mundo. Y sus senos, a los que tanta importancia daba, eran bonitos, de acuerdo, pero aún si se hubieran aflojado un poco no habría sido un drama, no le habría cambiado la vida. ¿Y la barriguita? ¿Valía la pena someterse a las torturas de los gimnasios y de las dietas para eliminar algo que al fin y al cabo le daba un aspecto más suave y femenino? E hizo un inventario de todo su cuerpo y decidió que estaba bien así.

Luego siguió con el inventario de su vida y de lo que la acongojaba. Los problemas que tenía con su cuerpo los había ya resuelto, si ni siquiera darse cuenta y, velozmente, superó las otras cosas que la angustiaban. Por ejemplo, la enfermedad de la mamá: ella podía ayudarla a superar los problemas físicos, los dolores y en parte también a lidiar con los problemas psicológicos; pero no podía sufrir en su lugar. La muerte de su mamá iba a ser una gran pérdida y la iba a apenar mucho: pero solo ella podía decidir cuando y si morirse. Lo máximo que Helena podía hacer era tomarla de la mano y ofrecerle consuelo, si su mamá lo aceptaba. Helena ya no tenía amigos, había cortado todos los puentes a raíz del trabajo que hacía; y además pagaba caros los cambios de zonas horarias con fatiga crónica y fuertes jaquecas. Pero, pensó, seguiría siendo la misma persona aunque hubiera dejado de volar para dedicarse completamente a la tienda y, ¿por qué no?, hasta si se hubiera casado y tenido hijos.

Entendió que se había negado el amor a cambio de la vanidad y que era hora de dejar de esconderse detrás de un máscara y presentarse al mundo por como era en realidad. Que ella era siempre la misma persona, aunque vistiera los paños de la azafata o los de la dueña de un negocio de antigüedades o los de la mujer joven que amaba divertirse o los de la amante irresistible.

Todo esto entendió, y mucho más, mientras se miraba desde arriba, mientras se miraba por como era en realidad. Poco a poco el efecto de la droga perdió fuerza y Helena empezó a tener dificultad en enfocar su cuerpo allá abajo. Sus pensamientos se volvieron más confusos y, después de un tiempo, que le pareció muy corto, se despertó echada sobre cojines y tapada con una ligera bata con la que doña Mara la había cubierto.

Se despertó confundida, pero algo recordaba todavía. Se acordó de haberse visto desde arriba y de haberse gustado. No estaba segura si lo que había visto era como era en realidad o como habría sido en un futuro, pero estaba segura de haber comprendido muchas cosas, aunque no recordaba cuales. Ya habría tiempo de pensar en lo que había vivido esa tarde.

Mientras volvía a vestirse doña Mara no habló mucho, pero, como de costumbre, siguió mezclando su baraja y antes de que Helena se fuera sacó una carta, al parecer al azar, y se la entregó en un sobre cerrado:

–Guárdala –le dijo– un día te será útil. Y no la abras nunca hasta que llegue el momento justo: antes de entonces debes dejarla carta en el sobre. Verás que sabrás cuando mirarla.

Ahora, treinta años después, Helena estaba atravesando un periodo muy feo: tenía problemas con el marido y con los hijos. La tienda de antigüedades, que tantas satisfacciones le había dado, ya no funcionaba y tenía problemas de dinero. La suegra, enferma, vivía con ella y no era una persona fácil. Y a todo esto se sumaban sus problemas de salud y una menopausia larga y difícil que tenía una influencia muy negativa sobre su humor.

Una tarde, en presa al desaliento más negro, empezó a llorar, callada y dolorosamente, y recordó la carta de doña Mara. En todos los años que habían pasado la había siempre llevado consigo, en su cartera, casi fuera un talismán. Muchas veces había sacado el sobre y lo había acariciado, intentando adivinar el contenido, intentando comprender, aunque había siempre aplazado su cita con el destino. Pero había llegado el momento justo. Lo sabía.

Sollozando, y con los ojos llenos de lágrimas miró la carta… y no había nada, el derecho del tarot le apareció completamente vacío. La visión de esa nulidad la arrojó en la más completa desesperación y lloró, lloró como nunca en su vida lo había hecho. En ese llanto desahogó todo el dolor acumulado en treinta años, todas las desilusiones, todas las frustraciones. Lloró hasta el olvido, hasta llegar a un nivel de comprensión distinto, desde donde se veía a si misma desde arriba, y se veía a si misma que lloraba, y a si misma joven y preocupada por la barriguita.

Un poco a la vez, el llanto se hizo más quedo y, entre las lágrimas, volvió a mirar el naipe y esta vez lo vio por lo que era, un dos de copas. Y por fin entendió: la carta no tenía importancia, los acontecimientos externos no tenían importancia. Ella era una mujer capaz de levantarse en vuelo para contemplarse a si misma, que sabía dar el justo valor a lo que la vida le presentaba y que no se hacía arrollar por las circunstancias. Ella era dueña de si misma, y como tal estaba en condiciones de dar el justo valor a lo que la rodeaba. Estaba en condiciones de vivir la vida sin hacerse atropellar por ella. Era ella. Veía las cosas desde arriba y decidía que rumbo seguir.

Y dejó de llorar. Se paró y miró al dos de copas con un sentimiento de nostalgia: la había acompañado por treinta años y la había sostenido. Pero ahora se había cerrado una era, una temporada de su vida. La dejó caer y salió de casa: iba a cerrar la tienda por última vez.

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