El topo


Había sido un día muy caluroso y al atardecer yo estaba sentado en el jardín con la espalda apoyada al ciruelo. Leí hasta que hubo luz y luego, cerrado el libro, me quedé sin hacer nada, con la mente vagando por espacios desconocidos, la única sensación era la frescura traída por la ligera brisa del anochecer.

Después de un tiempo indefinido me di cuenta de no estar más solo. No queriendo asustar a nadie miré a mi alrededor con circunspección y fue solo después de una atenta exploración que noté la protuberancia en el pasto: era un topo que me fijaba, inmóvil.

–¿Lo sabes que no deberías estar ahí, verdad? –le dije– Si mi mujer descubriera que eres tú el que le estropea el pasto te hallarías en apuros.

El topo desapareció para emerger con un ligero “pop” bajo la gran hortensia.

–Esta vez funcionó –le dije– pero tienes que dejar de desbaratar todo el jardín y además, ya que ustedes viven bajo tierra, ¿por qué están siempre aquí arriba a romper las plantas?

No lo hubiera dicho, fue como abrir una represa de palabras. El topo empezó a contarme toda su vida, desde el principio hasta el día de hoy. De como, desde cuando era pequeño había amado el duro trabajo en las galerías subterráneas y de cuan orgulloso había estado la primera vez que acompañó a su padre, cargando su propio pico y el almuerzo que le había preparado su mamá, idéntico al de su papá.

Las cefaleas aparecieron con los primeros encargos de responsabilidad. La primera vez fue cuando lo pusieron al frente del grupo de excavación y había trabajado con todo el empeño del joven que quiere demostrar estar a la altura del trabajo que le han encomendado. Había arrasado con todos los obstáculos que se le habían enfrentado y, al final del día, el túnel se había alargado el doble de lo previsto.

Recordaba todavía el orgullo con el cual había escuchado a papá contarle a mamá las proezas de su hijo. Al irse a la cama estaba feliz y hubiera sido un día perfecto sino aquel fuerte dolor de cabeza, sobretodo en correspondencia con las protuberancias en la frente.

En poco tiempo se convirtió en el mejor excavador de la colonia y era muy solicitado, especialmente para los trabajos difíciles. Por otro lado, más eran difíciles las tareas y mas aumentaban las cefaleas: después de una agotadora jornada pasada a cavar en terrenos pedregoso no veía la hora de irse a la cama y descansar en el silencio más absoluto. También los terrenos llenos de gruesas raíces eran arduos, pero nunca tanto como aquellos pedregosos. Y eran las jaquecas a empujarlo hacia la superficie: el aire fresco de la noche le daba alivio y lo recargaba para proseguir su trabajo.

Que lo sentía mucho por mi mujer, añadió, pero que se pusiera en sus paños antes de criticar:

–Quisiera ver como se las arreglaría ella para avanzar en la oscuridad pegando contra todos esos obstáculos. ¡Quisiera ver!

Comprendía al pobre animalito, pero también entendía a mi mujer que con tanto esmero cuidaba su jardín, para después vérselo arruinar por el topo.

–Escucha –le dije– tienes que dejar de estropear el pasto. Tienes que saber que mi esposa es un poco bruja y si te encuentra ¡Zot!, te hace un hechizo y no solo vas a tener que excavar con la jaqueca, sino que con dolor de muelas también. Con todo, espérame aquí –añadí– voy a ver lo que puedo hacer.

Después de buscar un poco en la canasta de cosido de mi esposa, volví donde el topo y le dije:

–Mira lo que encontré en el baúl mágico de mi mujer y, si me prometes de que nunca más le volverás a estropear el césped, te digo lo que es.

Las referencias a brujas y magias habían surtido un cierto efecto y el topo asintió solemnemente.

–He encontrado un turbante mágico –dije sacando del bolsillo una bellísima cinta verde y, mientras se la enrollaba alrededor de la cabeza, añadí– Todos los días, antes de empezar a trabajar, deberás ponerte este turbante y hacer una reverencia hacia el norte, seguidas por otras hacia el sur, este y oeste, y repitiendo la siguiente formula mágica:

Oh turbante de Bombay,
haz que piedras y raíces,
más no me hagan decir ¡ay!

Desde aquel día el topo ha venido a visitarme muchas otras veces, siempre usando el agujero bajo la hortensia. No ha vuelto a tener cefaleas y se preguntaba si, ahora que su hijo está ya crecidito, podría interceder con mi mujer y conseguirle un turbante mágico también a él.

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